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La caída en la producción de las minas de Huancavélica en la segunda mitad del siglo XVIII obligó a las Minas de Almadén a intensificar su producción para abastecer a las colonias americanas. Esto elevó la demanda de mano de obra, principalmente presos forzados, esclavos y trabajadores temporeros venidos de fuera. Este aumento de la producción hizo crecer el número de trabajadores enfermos, lo que, unido a epidemias provocadas por el hacinamiento de los habitantes en las casas de la localidad, trajo consigo una importante pérdida de mano de obra.

Estas circunstancias convencieron al superintendente Francisco Javier de Villegas de la necesidad de construir un hospital para atender a los trabajadores de las minas y sus familias. El proyecto consistía en la construcción de 24 viviendas dispuestas en forma hexagonal delimitando una plaza de toros en su interior. Con los ingresos obtenidos por el arrendamiento de los inmuebles y los beneficios obtenidos por los festejos taurinos se financiaría en parte el nuevo hospital. Además, la construcción de estas casas serviría para paliar la falta de viviendas y así frenar el avance de las epidemias.

Así, las obras del edificio comenzaron en 1755, reinando Fernando VI y siendo superintendente Francisco Javier de Villegas, y terminaron en 1773 bajo el reinado de Carlos III y siendo superintendente Diego Luis Gijón y Pacheco, como rezan los escudos de la fachada principal.

A pesar de no estar totalmente concluido, el hospital entró en funcionamiento en marzo de 1774 cuando, a instancias del médico José Parés y Franqués, se trasladaron los enfermos desde el Hospital de la Caridad o de la Villa a las nuevas salas del Real Hospital de Mineros dotado con cuarenta camas separadas en salas para hombres y mujeres. La media anual de ingresos en estos primeros años superó los 800 individuos y la de consultas anuales se estima en 14.000. Esta es una época de gran actividad, lo que se traduce en una etapa de crecimiento demográfico debido principalmente a la venida de forasteros. Almadén llegó a alcanzar los 4.000 habitantes por estos años.
Desde su entrada en funcionamiento, el edificio fue sufriendo una serie de modificaciones en su estructura. Las primeras fueron la construcción de una casa para el capellán y un cuarto para locos. Siguieron obras de desagüe, cocina, pozo, lavadero y corral, así como la ampliación del cementerio del hospital. En 1794 se habilita una sala para presos y un calabozo.

Todas estas obras, unidas al elevado número de enfermos y la disminución de las rentas, principalmente procedentes de los excedentes de madera, ya que la fortificación de la mina, cada vez más profunda, consumía todas las existencias, provocó una crisis financiera que se resolvió mediante la participación de las minas en la financiación del hospital y mediante la aplicación del producto de las hierbas y diezmos en la Dehesa de Castilseras, anexionada a las minas en 1780.

Los primeros años del siglo XIX marcaron el inicio de la recesión del funcionamiento del hospital, debido a esta pérdida de autonomía financiera y a la progresiva dependencia de los presupuestos de la minas en un momento de dificultad para la Hacienda Pública, extenuada por la Guerra de la Independencia, las campañas militares contra los carlistas y la pérdida de las colonias americanas. Los ingresos propios del hospital se vieron reducidos a las rentas procedentes del alquiler de los inmuebles de la plaza de toros, la venta de medicinas, el cobro de la hospitalización de vecinos y la venta de aguardiente. Este descenso de los recursos financieros hizo que se adoptasen medidas destinadas a contener el gasto hospitalario, como el endurecimiento de las condiciones exigidas para ser hospitalizado y la extensión de la asistencia médica domiciliaria.

A mediados del siglo XIX el excedente de mano de obra del establecimiento minero debido al incremento de la población, al aumento de la productividad en las labores mineras gracias a la implantación del método Larrañaga y a los cambios en el mercado internacional del azogue tras la independencia de las colonias americanas, y la irrupción en el mercado de otras minas tuvo importantes repercusiones en la organización laboral. Este exceso de mano de obra se tradujo en la implantación del sistema de “reparto de jornales” cuyo resultado fue el descenso de los niveles de exposición al ambiente tóxico y, en consecuencia, una disminución de las enfermedades profesionales. Además, en esta época se instauró un procedimiento para la curación de los casos de hidrargirismo menos graves. Ambos factores, unidos al rechazo que provocaban las deficientes instalaciones del hospital, hicieron que disminuyese la demanda de ingresos, convirtiéndose en un asilo para enfermos crónicos.

En 1904 se incorpora personal religioso al hospital y las Hermanas de la Caridad asumieron las funciones de mantenimiento, preparación de alimentos, lavaderos y cuidados básicos a los enfermos.

La falta de recursos financieros impedía abordar las reformas necesarias que incluso sugerían los propios facultativos de las minas. Es a partir de la constitución del Consejo de Administración de Minas de Almadén en 1918 cuando se plantea la renovación de los servicios sanitarios, encargándose el proyecto al doctor Guillermo Sánchez Martín, jefe médico de la mina. En 1925 dictó una serie de normas para combatir el hidrargirismo: “Debe suprimirse en absoluto la mala costumbre de comer en los lugares de trabajo y bajar a la mina recién comido. Tener fuerza de voluntad suficiente para no fumar en la mina, evitando el riesgo de llevar a los labios vesículas de azogue. El hatillo ha de ser de uso necesario, pues no es posible el aseo del cuero, al terminar el trabajo, si se conserva la misma ropa impregnada de sudor, polvo o barro. Al terminar cada jornada hacerse una limpieza meticulosa de cabeza, manos y pies, y lo más perfecta posible del resto del cuerpo. El cuidado de la boca merece atención especial con un lavado diario y acudiendo al dentista para que desprenda el sarro de los dientes y empaste los careados. Disponer el dormitorio en la habitación más soleada de la casa y habituarse a dormir en todo tiempo con la ventana abierta. Ser ordenado y moderado en el comer y parco en el beber”.

El doctor concluía: “En este plan de buen vivir, conservará piel, riñón y pulmón sanos, y seguro de sus energías, será feliz al reproducirse en hijos vigorosos, futuros mineros de un Almadén siempre próspero, para ello conservado”.

Como el mercurio se elimina en buena parte por la sudoración, había también en el hospital una habitación cuyas paredes tenían potentes lámparas y cuyo suelo era de arena. En “la playa”, como la llamaban los mineros, éstos daban vueltas siguiendo un círculo marcado en el suelo mientras exudaban el mercurio gracias a la elevada temperatura de la habitación. También se usaba un cajón de madera dotado de numerosas lámparas en el que se colocaba sentado el enfermo a fin de provocar sudoración. Estos dispositivos fueron sustituidos hacia 1980 por una moderna sauna. Es en este año cuando se abandona el edificio pasando la atención médica al recinto minero.

Desde su rehabilitación en 2004, alberga en su interior el Archivo Histórico de Minas de Almadén –con  más de 100.000 expedientes ya catalogados y una extensa colección de planos desde el s. XVIII hasta nuestros días–, la sede de la Fundación Almadén, el Museo del Minero, el Museo Hospitalario y otras salas de exposición que permiten conocer la vida y costumbres de la población de Almadén y su comarca.

  • Dirección: Plaza Doctor López de Haro, 1
  • Horario de invierno (octubre-abril): martes a domingo de 10.00 a 14.00 y de 16.30 a 19.30 h.
  • Horario de verano (mayo-septiembre): martes a domingo de 10.00 a 14.00 y de 15.30 a 18.30 h.
  • Precio entrada: 3 € (se puede adquirir la entrada combinada Parque Minero + Hospital de Mineros)
  • Teléfono: 926 264 520
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